sábado, 27 de octubre de 2012

La Parada, el capitalismo salvaje y el fujisenderismo.



Ya hemos notado algunos las semejanzas que existen entre los líderes del fujimorismo y el senderismo: su mesianismo, su oportunismo, su cobardía para enfrentar las consecuencias de sus actos.
Pero los hechos de La Parada nos demuestran que la similitud entre los líderes no es anecdótica, sino el correlato de la similitud entre sus bases sociales. Tanto el fujimorismo como el senderismo se alimentan del mismo caos que es el capitalismo salvaje y la completa ausencia de instituciones estatales, como no sean las represivas.
Decir que fujimorismo y senderismo se dan la mano sigue siendo sorprendente para la opinión pública, y escuchar a Susana Villarán señalarlo le pareció a muchos una exageración. Pero ahí está la dirigenta Margarita Valladolid, excandidata del fujimorismo duro y leal de pleno 2001, cuando no daba réditos ser naranja, en el mismo conglomerado social en el que está una tal “Coordinadora por trabajo y desarrollo de La Parada”, cuyos miembros son propagandistas del Movadef.
Señalar esta coincidencia no significa –por lo menos para mí- ni decir que lo ocurrido resulta de una gran conspiración contra la alcaldesa, ni justificar la muerte de personas en el enfrentamiento callejero.
Respecto a lo primero: hay obviamente procesos sociales complejos y cadenas económicas ilegales muy poderosas alrededor del mayoreo de alimentos, que no pueden reducirse a las maquinaciones de uno u otro grupo político. Respecto a lo segundo: hasta los sectores más marginalizados y delincuentizados tienen derechos, y me parece peligrosa la idea -expresada por Aldo Mariátegui- de convertir el Cerro San Cosme en una zona de guerra. Basta mirar a la permanente “limpieza social” que lleva a cabo hace décadas la policía militarizada brasileña en las favelas de su país, para saber que no hay solución militar para la miseria.
Lo que la coincidencia de fujimoristas y senderistas significa es que ambos son proyectos que se nutren de la marginalidad extrema. El fujimorismo, porque el capitalismo sin reglas de lugares como La Parada o negocios como el transporte urbano, genera riquezas extraordinarias y una burguesía lumpen con líderes y redes clientelares. El senderismo, porque lugares como La Parada generan riquezas sólo a condición de la explotación y embrutecimiento atroz de sectores populares de pobre experiencia organizativa.
Ni unos ni otros buscan soluciones, sino, por el contrario, el mantenimiento de un statu quo de ilegalidad y violencia. Para las mafias, resulta ridículo desprenderse del lucrativo negocio de traficar con el alimento de una ciudad de casi 8 millones de personas. Para los senderistas, no hay nada de extraño en crear frentes con plataformas “de ruptura” cuya principal función es radicalizar y captar, antes que mejorar las condiciones de los trabajadores. Ya lo hicieron, durante el conflicto armado, en los cordones industriales, conlos sindicatos mal llamados “clasistas”, que servían de plataforma para difamar, intimidar y matar a los dirigentes que no se plegaran a su lógica.
El hecho que en lugares como La Parada coexistan fujimoristas y senderistas como representantes de un conglomerado social es un fracaso más del sistema político, y un síntoma claro de las limitaciones del modelo económico y social heredado del autoritarismo y el conflicto.
En efecto: el Perú celebra el lanzamiento internacional de su gastronomía, a partir de los finísimos restaurantes de los distritos más pudientes; pero esa gran cocina se basa en alimentos que pasan por circuitos de explotación, ilegalidad y suciedad alucinantes.  Se glorifica el “emprendedurismo” y el crecimiento del PBI anual a tasas que serían la envidia de Europa, pero pocos hablan de las fangosas economías paralelas que no tributan ni construyen progreso sostenible. Nos llenamos la boca de llegar a 11 años seguidos sin golpes de estado, cuando queda claro que en pleno corazón de la capital subsisten agujeros negros donde la democracia partidaria significa bien poco.
Hay que rechazar ese teatro, donde se representa una alegre farsa en el escenario y se oculta una tragedia tras bambalinas.
No hay que ceder a las soluciones fáciles que perennizan la situación. A diferencia de lo que dice la ultraderecha, la salida no es una solución militar como la que se aplica en las favelas de Río para preparar las olimpiadas: una mera limpieza sangrienta que no resuelve problemas de fondo. Lo que se está haciendo debe parecerse más a lo que se hace en ciudades colombianas como Medellín, para derrotar el control de narcos y paramilitares en las comunas pobres: reemplazar el dominio de los pobladores por bandas criminales, a favor de la lealtad ciudadana hacia un estado verdaderamente democrático.
Al final, la política que está desarrollando la Municipalidad de Lima no sigue –por más que así lo griten algunos- una línea partidaria, que favorezca a uno u otro grupo. Aunque la alcaldesa haya sido elegida por la izquierda, la lucha por tener una ciudad vivible es –en realidad- una causa nacional; una lucha por estándares básicos de coexistencia y progreso compartido. En la medida en que así lo entendamos, tendremos más país y más ciudadanía.

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